Cuando era pequeña, metía los brazos por dentro de mí camiseta y decía a la gente que no tenía brazos. Apagaba la consola cuando sabía que iba a perder. Dormía con todos mis peluches para que ninguno se sintiese ofendido. Tenía ese boli de cuatro colores he intentaba darles a todos a la vez. La decisión más difícil era a qué juego jugar. Esperaba detrás de una puerta para darle un susto a alguien, y entonces me iba porque tardaba mucho en venir. Me hacía la dormida y así mis padres me llevaban en el colo a la cama. Solía pensar que la luna estaba siguiendo a mi coche. Me pasaba los recreos cambiando cromos. Pasaba mi tiempo observando dos gotas en la ventanilla como si de una carrera se tratase. Cogía el ordenador simplemente para jugar al Paint. Lo único de lo que tenía que cuidar era de mi tamagochi. Jugábamos al teléfono estropeado y nunca sabía que decir. Solía hacer tsuanamis en la bañera. También recuerdo cuando era pequeña y quería ser mayor, y la verdad no sé en que narices estaba pensando.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Cuando era pequeña...
Cuando era pequeña, metía los brazos por dentro de mí camiseta y decía a la gente que no tenía brazos. Apagaba la consola cuando sabía que iba a perder. Dormía con todos mis peluches para que ninguno se sintiese ofendido. Tenía ese boli de cuatro colores he intentaba darles a todos a la vez. La decisión más difícil era a qué juego jugar. Esperaba detrás de una puerta para darle un susto a alguien, y entonces me iba porque tardaba mucho en venir. Me hacía la dormida y así mis padres me llevaban en el colo a la cama. Solía pensar que la luna estaba siguiendo a mi coche. Me pasaba los recreos cambiando cromos. Pasaba mi tiempo observando dos gotas en la ventanilla como si de una carrera se tratase. Cogía el ordenador simplemente para jugar al Paint. Lo único de lo que tenía que cuidar era de mi tamagochi. Jugábamos al teléfono estropeado y nunca sabía que decir. Solía hacer tsuanamis en la bañera. También recuerdo cuando era pequeña y quería ser mayor, y la verdad no sé en que narices estaba pensando.
miércoles, 15 de octubre de 2014
El camino
Al principio ves las cosas desde otro punto de vista, ves muy lejos el final del camino, está tan lejos que todo allí se vuelve borroso... No puedes imaginar desde donde estás todo aquello que te está por venir, la única forma de saberlo es ir caminando, poco a poco, sin prisas...
Quien te iba a decir que todas esas caídas tan duras iban a tener su recompensa, que tú ibas a ser capaz de alcanzar la meta. Tantas veces dijiste que no podías que era demasiado para ti, pero algo en tu interior no te dejaba rendirte, sería que eres demasiado orgullosa y que no soportabas a todos aquellos que te decían no te preocupes ya tendrás otros caminos para recorrer... pero a ti eso no te valía tú habías comenzado ese camino y querías terminarlo para saber que había en el final...
Y a pesar de que a lo largo del camino muchos te adelantaron dejandote al fondo tú llegaste a la meta.
Tú conseguiste llegar por ti sola, porque cada vez que te caías sabías que debías volver a levantarte... Y aunque fueron muchas las piedras del camino nunca te rendiste y es por eso que al final, quizás un poco mas tarde que el resto, lograste llegar...
Quien te iba a decir que todas esas caídas tan duras iban a tener su recompensa, que tú ibas a ser capaz de alcanzar la meta. Tantas veces dijiste que no podías que era demasiado para ti, pero algo en tu interior no te dejaba rendirte, sería que eres demasiado orgullosa y que no soportabas a todos aquellos que te decían no te preocupes ya tendrás otros caminos para recorrer... pero a ti eso no te valía tú habías comenzado ese camino y querías terminarlo para saber que había en el final...
Y a pesar de que a lo largo del camino muchos te adelantaron dejandote al fondo tú llegaste a la meta.
Tú conseguiste llegar por ti sola, porque cada vez que te caías sabías que debías volver a levantarte... Y aunque fueron muchas las piedras del camino nunca te rendiste y es por eso que al final, quizás un poco mas tarde que el resto, lograste llegar...
viernes, 19 de septiembre de 2014
No volvimos a vernos y borré su número del móvil. Nunca he estado segura de cómo se olvida, pero pensé que esa era una buena forma de empezar. Me equivocaba. Meses después se me sigue enfriando el café por la mañana mientras espero que venga a desayunar conmigo. Es como cuando tardas un poquito en darte cuenta de que no estás soñando. De que la realidad es que ya no pides tostadas para dos en el bar de la esquina y que ya no te importa cambiar las sábanas de la cama tan a menudo. Así son las cosas: la rutina tarda un poco en darse cuenta de que ya no compartes tu tiempo. He dejado de tararear canciones en la ducha y he llenado la nevera de litronas medio llenas, o quizá medio vacías, o quizá se me están amontonando las razones para buscarlo algún día y decirle que vuelva a recoger los trastos que se dejó. Yo, uno de ellos. Uno de tantos. Y luego están todos esos “para siempre” a los que el tiempo no hizo justicia, y todos esos “ojalás” que escribimos en el vaho de un montón de espejos en los que ya no me miro por si verme sin el me hunde un poco más. En lo referente a tocar fondo siempre he sido muy competitiva, veréis. Y, yo, que siempre había querido tocar el cielo, el de sus labios, o mejor dicho, tocarlo siempre, porque hubo un tiempo en el que me mudé allí y las vistas eran preciosas. No sé. A veces sigo pensando que la única forma de olvidar a alguien es conociendo a otra persona a la que no desees olvidar. Pero, claro, a ver cómo le abres la puerta al amor si, la última vez que entró, sólo vino a desordenarlo todo. Y lo desordenó tanto y tan bien que aún, pasado el tiempo, sigues encontrando cosas que no están en su lugar. Entonces, de madrugada, es cuando te enciendes un cigarro y piensas en lo irónico que resulta que exista gente que siga pidiéndote que sonrías. Y es que sonrisas te quedan, pero las razones para sonreír se las llevó todas con él.
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